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Crónica Cinco

8 julio 2006

Como habréis podido adivinar, este cuaderno de notas llamado “Crónicas del Planeta Mundo” en realidad trata de la estupidez (y las estupideces que comete) el ser humano. Y como nadie nos libramos, hoy (que tocaba crónica) he cometido una estupidez, de modo que hoy (sin que sirva de precedente) hablaré de mi.

Hace unos días cometí la estupidez de olvidarme (en realidad no me olvidé, solo se me pasó la fecha) del cumpleaños de mi mejor amiga. Lo cierto es que tengo excusa (justo cumple años cuando estoy mas liado), pero no sé si es una excusa muy válida. En cualquier caso, no es esa estupidez la que quería relatar, sino la de esta mañana. No sé exactamente por donde comenzar, así que, como dicen en las películas, comenzaré por el principio.

Y el principio es que esta mañana se me planteó el dilema de enviar un SMS o no enviarlo. Yo sabía que no debía enviarlo y no quería hacerlo, con lo cual la decisión estaba clara pero, aún así, me lo estuve pensando un rato. Al final, cansado de debatir conmigo mismo los pros (ninguno) y los contras (todos), decidí echar balones fuera y obligué a tomar la decisión a una moneda de 50 céntimos. El trato era: Cara, lo envío; Cruz, no lo envío.

Cara.

Escribo el mensaje y antes de darle a “enviar”, recojo la moneda del suelo. Resultó ser una moneda francesa que, vista desde lejos, no se distingue bien la cara de la cruz (al menos yo no distinguí) y era cruz en vez de cara. Así que ahí estaba yo, con el teléfono y el SMS ya escrito en una mano, una moneda mostrándome el número 50 en la otra, y mi cabeza en el inicio de la historia. Lo envío o no lo envío.

Guardé el teléfono pero no borré el mensaje, con la intención de aplazar la decisión. A la media hora o así, recordé a Josephine Potter diciendo “El ser humano nace, muere y comete un montón de equivocaciones entre medias”. Me dije “A la mierda”. Saqué el teléfono, busqué el mensaje y le di a enviar, todo ello en unos 10 segundos.

Por increíble que parezca, el teléfono me respondió: “El mensaje no se ha podido enviar”. Volví a intentarlo y obtuve la misma respuesta. Por lo visto, no era el único que no quería enviarlo. Primero la cruz de la moneda y ahora el teléfono. Parecía una conspiración para impedirme hacer lo que yo no quería hacer. Y fue entonces cuando lo vi claro. No importaba que todo, incluso yo mismo, estuviese en contra: Al final enviaría el mensaje.

Y así fue. Descubrí el error (hace algún tiempo, añadí un asterisco a ese número de teléfono para evitar hacer tonterías como la de hoy, de forma que si por error o privado de voluntad intentaba llamar, no fuera posible la conexión. En aquel momento no pensé que el asterisco se podía quitar) y lo deshice para cometer un error mayor. El teléfono solo me dijo dos palabras: “Mensaje enviado”, más de las que yo mismo pude decirme: “Estúpido”.

Bienvenidos al Planeta Mundo.


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